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La casa junto al río

Cuando había noches de luna, la casa rosa parecía plateada y también se veían plateadas sus palmeras ondulantes. En días claros simulaba una postal, con su embarcadero, sus mecedoras, sus ventanas abiertas a la brisa que sacaba las cortinas bullangueras como manos que saludaban a los visitantes venidos del río arriba. Las lanchas dejaban tras de sí, encajes de espumas y cargamentos de risas y los anfitriones de la casa rosa preparaban la fiesta. Eran dichosos, se sentían bendecidos por el cielo y dueños del paraíso. Los padres se amaban, los hijos crecían sanos y fuertes, las criadas se movían presurosas en la cocina. Hacían antojos y los llevaban oportunamente al comedor, langostinos semejantes a flores erizadas, jaibas en chilpachole, gorditas de frijol, picadas en salsa verde, aguas de guanábana o de lima. Y los vasos llenos de hielos que tintineaban chocando entre sí se convertían en campanas cristalinas, y el aroma de los guisos alcanzaba la acera de enfrente. Pero es difícil aceptar la felicidad ajena al considerarla tan perfectas. Los tlacotalpeños empezaron a tener envidia y su envidia germinaba un humor verde que les corría por la sangre y se les aposentaba en el corazón. Sus malos pensamientos trepaban por los aires, su encono escalaba las nubes, su rivalidad se escondía sabe Dios dónde y al cabo de un tiempo se transformaba en hojitas incoloras que volvían a descender y sin ruido, sin levantar el agua, se posaban despacio sobre el tejado de la casa rosada que en noches de luna refulgía como si sus tabiques fueran de plata pura.

Las gentes padecían mil rencores durante las celebraciones domingueras, desde el fondo de sus resentimientos le reclamaban a la Providencia creyéndose víctimas de la injusticia. No podían rezar el Yo Pecador ni entender el Evangelio. Olvidaban el ritual del cura y se dedicaban a observar los movimientos de los dueños de la casa rosa. Veían a la madre que con los cabellos recogidos por una cinta azul pasaba cuidadosa y aplicada las hojas de su misal, atisbaban los gestos más insignificantes del padre parado cerca, acechaban los labios de los niños que recitaban palabra tras palabra todas las oraciones. Y las hojas transparentes continuaban cayendo mustias y perseverantes. Una buena porción se acumulaba si la familia iba a la playa en convertible; otra mayor si el padre jugaba a la bolsa y acrecentaba su fortuna o si una revista extranjera publicaba fotografías de la sala y los corredores de la casa rosa como modelo de arquitectura típica. Las hojas arribaban puntuales. Se amontonaban entre las tejas porque la familia entretenida en su existencia afortunada, imaginándose protegida bajo el manto de la virgen de la Candelaria, no descubría las miradas ingratas ni los gestos helados de aparente desdén que les prodigaban sus vecinos; hasta que un oscuro domingo en que brillaba el sol la última hoja llegó lentamente y el techo se hundió, las paredes se desmoronaron y la casa entera quedó reducida a escombros.

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