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Anamnesis, de Clyo Mendoza.

Me lancé a éste libro por medio de voces, a pesar de haberlo visto antes, rodar por etiquetas de facebook y en boca de su autora. Decidí no indagar antes de abrirlo y vaya sorpresa que me llevé. Y es que la voz poética estridente destapa coladeras, el drenaje, la sangre marchita y nos hace humo bajo una corona de flores; es un arrullo hacia lo que no se toca pero se reza mil veces en los senos de una virgen luna. 

Anamnesis me desolló en mi primer lectura. La voz lírica es convulsiva, te pierde. Quiebra. Deja sin aliento. Azota y levanta.

 Clyo Mendoza a través de la protagonista Ofelia, - Una Ofelia muy Rimbaud- nos introduce en su mundo por el puente familiar, y nos presenta a sus abuelos bajo la tendencia machista y enfermiza en el cual crecieron la mayor parte de nuestros ascendientes en México. De una manera suave y a la vez cruda, encamina a su pensamiento, también , hasta interiorizar al lector. 

Esta pieza de editorial Cuadrivio, está conformada por veinticinco capítulos oníricos…
Entradas recientes

La dialéctica de tu nombre

La línea que envuelve mi piel se queda en silencio en tanto este réquiem habla porque no necesito más aire cuando bajas. Tu aliento se ha vuelto mi atmósfera, la utopía instantánea.
Es el cliché del“no te vayas”, toda esa ruta de excusas.
Y dime, ¿qué sabes tú? Si nunca has perdido en otoño, el ángulo entre sus piernas el meridiano de su espalda.
Olvidaste pronunciar nombres.
La piel que habito sin rastros ésta de nuestro té a media noche desgarra silencios en la piel.
Hay una protesta por tu cuello entre las puertas de nuestra casa con tus pies creaste la suavidad de cáscara.
Armé en un árbol noventa y nueve ramas para que me acaricies el pelo, y se caiga el signo de interrogación de tu lengua.
Saturno, quédate intacto.
Dos de azúcar en tu café. Lentes negros en tu mirada. La imaginación exacta para quitarnos la ropa en este puto invierno que no me deja oír alarmas.
Incienso, ah, el incienso de lavanda, eso que interrumpías con la boca. Se desgasta.
Todo se para cuando estrechamos las manos. Creanorquestas en las …

Naufragio

Escribo con la voz que me queda,
el polvo roto que conforman mis brazos, y mis piernas, y mis gustos,
todo lo hago pequeño para verme más grande en la lucidez de mis días.

No comprendo lo que nos separa y ya no quiero entender lo que nos une.
No quiero inhalar esa lágrima que sale ni la palabra drama que se cose al aullido y los ecos.
No quiero solicitar colores a la vida ni esquivar corchetes.

No quiero distinguir el cariño en tu silencio ni el sonido de las olas que emigran a fuentes nocturnas de alaridos hechos presa.
No quiero recitarme ni conocer el sentido de las cosas más en la avenida de los espectros,
caen y sirven algas negras alrededor de mis orejas.

Tu piel ya la había leído en Girondo, llena en luna creciente, acariciando mis mejillas.
3:40
Estoy cansada de la sombra del sol.

Crestomatía de las gotas.

Y no te veré
hasta que mojes tus cabellos.

No besaré al pan; los gatos se están acercando.

Juré muchas cosas.

 Ahora te propongo jugar con la palabra.

Como quien siembra rosas,
leamos a Panero.

Chéjov no nos alcanza.

Sangrame en la mirada.
Ahuyenta
te.

Por que el nombre real de mi padre es el simbolismo.

Cariño, vístete de plata.

Solsticio ( Alógena, 2011)

Aquí hace frío.
Soy humano, aquí, a tu lado.
Eterna. Poderosa.

-Reproducción asexual con la catarsis-

Así me haces sonreír,  saboreando caramelos a la sombra. Besas mis párpados. Ambos somos insuficientes. Lo sabemos, pero es mejor callar. Lo sabemos
Nuestro Padre sujeta muy fuerte nuestros cuellos y de esta manera caminamos entre relámpagos,  lluvia y oscuridad.
Aquí hace frío. Platicando con los grillos. Acostada en el pasto mientras va llegando el sol, soplo cada uno de los bordes del abismo. Cierro los ojos y me conecto con tu hoz.
Eres tan fresco. Quiero asfixiarte de un extremo a otro sin que te sientas ofendido.
Déjame tatuar sobre tus sueños mis metáforas. Déjame pasar el tiempo que aún me queda, contigo, aquí, en este lugar; antes del solsticio.

Deshoras

En el suelo se viene quejando la manecilla menor. Se ha escapado de su centro, ha perdido el bosque y la importancia de derramar el café en las piernas del cliente.
Se arrastra cantando rondallas de estupor. Busca el verbo, pero éste dejó de ser para girarnos la portela de Isolda; otra dama enamorada.
Amor, no pienses en lo que deba ser, en lo que es justo, en la resolución de nuestros problemas. Sólo sé la manecilla mayor.

Suéltanos las nubes.
Caen las mariposas al árbol. Nadie conoce a los muertos.

Reseña del cuento "El último verano" de Amparo Dávila.

Asfixia, insomnio, sudores fríos, sombras que acechan los pensamientos de los niños temerosos de madrugada; paranoia, rincones, demencia, ansiedad y sollozos, ese es el mundo de muñecas rotas al que nos transporta en cada una de sus lecturas, (tanto en Salmos bajo la luna (1950), como en Muerte en el bosque (1985)), Amparo Dávila, escritora nacida en 1928 en los Pinos, Zacatecas; pueblo mágico en donde creció rodeada del frío, muerte, ansiedad y libros, que pronto reflejaría en su obra literaria.
Dávila crea sentimientos del polvo dentro del lector, juega con ellos, los hace añicos, sufre y se ríe, luego los resucita para crucificarlos, para poder amarla, siguiendo la línea que marca su detallada narrativa taladrada a base de puras vivencias –cuenta ella-. Cada coma es un alfiler rozándonos la piel blanda, es imposible no seguir entre los párrafos, aunque  avancemos en suspenso… Tal es el caso del cuento “El último verano” (Árboles petrificados, 1977),  en el que en tercera persona, c…